Estudio Biblico
Jesús, el gran Maestro de maestros
Autor
Lic. Kali Duerto
Estudio Bíblico
Titulo: Jesús, el gran Maestro de maestros
Texto: "Mas vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos." (Mat. 23:8).
Introducción
Pese a las diversas opiniones que se pudieran aportar sobre los métodos instructivos del Señor Jesús, lo cierto es que fue por excelencia el gran Maestro, que ningún maestro a lo largo de la Historia ha logrado superar: en su forma de enseñanza, en sus dotes didácticas, en su trato con los demás, en sus ejemplos claros y prácticos... De tal manera, su doctrina fácil y comprensible poseía un alcance universal, y a la vez cautivaba el corazón de todo aquel que se prestaba a escucharle con atención. Sin duda, el modelo de Cristo en esta materia es digno de imitar.
Son muchos los cristianos que aceptan a Jesús como el Maestro. Aunque, si bien, admitamos que esta afirmación tendrá sentido siempre y cuando nosotros seamos sus discípulos. Con esta idea, deberemos tener presente que para poder ser discípulos de Jesús, se requiere cumplir con ciertas condiciones que, no obstante, él mismo estableció en su Palabra: «Si alguno viene a mí, y no aborrece (pone en un segundo lugar –o posición inferior–) a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo... Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo... Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo» (Luc. 14:26-27-33).
Comprendamos con equilibrio el texto leído, porque el llamamiento de Jesús al discipulado no consiste en el desprecio de nuestros congéneres, ni tampoco en el desprendimiento de grandes o pequeñas posesiones, o rechazo de nuestras propias personas... Pero, ahora bien, para ser discípulo de Jesús, se ha de tener una completa disposición del corazón, donde no se hallen obstáculos que puedan interferir en el proceso de discipulado, ya sean éstos familiares, personales, o circunstanciales. De esta forma, todo nuestro ser (alma y cuerpo), posesiones materiales, así como nuestras relaciones personales o familiares, deben quedar supeditadas a la voluntad del Maestro.
Aquí, las condiciones prescritas son establecidas no porque Jesús mande y nosotros obedezcamos (aunque en cierto sentido sea así), sino precisamente porque él representa el Modelo que debemos seguir. El cristiano no es discípulo solamente por ser obediente (entiéndase la idea), sino que lo es naturalmente en la medida que imita a su Maestro.
Desarrollo
Ejemplo en la Enseñanza: El ejercicio del oficio profético y pedagógico, formó parte sustancial del ministerio de Jesús, realizado tanto de modo verbal, como a través de su propia vida ejemplar.
«...y de nuevo les enseñaba como solía (era la costumbre)» (Mar. 10:1).
Es preciso destacar la importancia que tuvo la enseñanza en el ministerio del Maestro. Por lo que podemos apreciar en los evangelios, pasaba mucho tiempo enseñando; no siendo para él una tarea inconstante, o un trabajo de carácter irregular, sino parte de un proceso permanente a lo largo de todo su ministerio.
La costumbre de Jesús era instruir y educar, y no tan solamente de forma oficial en las sinagogas, en las convocatorias al aire libre, o en las reuniones realizadas a tal efecto. Su manera natural de vivir trasmitía una sabia y constante enseñanza, la cual se producía con un talante abierto y espontáneo: en las conversaciones mantenidas, en las respuestas a las preguntas que le formulaban, en las valoraciones sobre los aspectos terrenales y celestiales, y demás consideraciones que constituían los capítulos de la vida cotidiana. Y así como Jesús lo hizo, también los cristianos debemos aprender que la enseñanza ha de expresarse de una forma natural a través de la propia vida: «les enseñaba como solía».
Evidentemente la efectividad de todo testimonio cristiano se sujetará en gran parte a la formación del discípulo de Cristo, a su madurez espiritual, preparación bíblica, y demás virtudes que le conferirá la conveniente calidad. Pero, por sobre todo, concluimos en que la eficacia del ministerio dependerá esencialmente de nuestra adecuada relación con Dios.
Para seguir fielmente el ejemplo visto, también se requiere de una disposición real de amor hacia los demás, donde la búsqueda del bien ajeno marque la diferencia entre un cristianismo teórico y práctico. Visto el modelo general de nuestro Maestro, no es válida una enseñanza fría e insensible a las necesidades del corazón humano. Por tal motivo, la imagen que los demás tengan de Jesucristo, será en cierta medida la imagen que como discípulos logremos comunicarles.
No hay otro camino, no lo busquemos. Para no andar confundidos por este mundo, necesitamos la Palabra de Jesús, que no solamente deberemos aprender y transmitir con nuestros labios, sino que también, que es lo más importante, con nuestra manera de vivir el testimonio diario.
Observemos, pues, el desarrollo de nuestra comunicación, porque si Jesús les enseñaba... ¿no debería de constituir igualmente nuestra vida diaria una constante enseñanza?
«Y se admiraban (reacción lógica de la gente) de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mar. 1:21-22).
Dos enseñanzas básicas encontramos en el texto. La primera: que aquellos que le escuchaban, se admiraban. Y la segunda: que enseñaba con autoridad.
La manera de hablar del Maestro, el rico contenido de sus palabras, su mensaje asombroso y fascinante, logró penetrar en lo más profundo del alma, llegando a las necesidades más existenciales del espíritu humano. Por ello, resulta comprensible que su extraordinaria predicación, tanto en su fondo como en sus formas, consiguiera cautivar el corazón de los allí presentes.
No parecía nada sorprendente, pues, que muchos quedaran maravillados de su doctrina. Notamos que el mensaje de Jesús, lleno de sentido y propósito, imprimía los valores de la autenticidad, procurando no solamente informar, sino llenar de fe, aliento y esperanza, el corazón vacío de todo aquel que se disponía a escucharle con interés: «Y se admiraban».
Apreciamos cómo el Maestro no enseñaba solamente con palabras, sino que a la vez también vivía lo que enseñaba; pensamiento que venimos resaltando en el ministerio de Cristo. Y creemos que ésta era la fuerza de su mensaje, que respaldado por una vida ejemplar y apoyado por la antigua Escritura, consiguió mostrar la autoridad de sus dichos, la cual no fue impuesta por la religión del momento, sino delegada por Dios mismo.
Comprendamos igualmente el propósito didáctico de Jesús, porque el valor de la enseñanza no solamente se plantea para la vida eterna, sino también para la vida diaria. Con esta aspiración debemos preguntarnos si realmente el efecto de nuestra comunicación resulta ser constructiva para los oyentes, o por el contrario estamos divulgando un mensaje carente de sentido práctico. Es verdad, a veces cometemos el error de pronunciar mensajes de complicada argumentación evangélica, que al fin y al cabo no enseñan nada, o por lo menos nada claro. En cambio, la enorme sencillez de Jesús y su gran sabiduría, se conjugaban de tal manera que la enseñanza resultaba rica y en buena medida práctica. Ejemplo nada desdeñable para poder imitar.
Es preciso detener nuestra mirada en el proceder del Maestro, porque si es cierto que su predicación causó la admiración de los oyentes, ¿por qué, entonces, los mensajes de hoy parecen despertar tan poco interés?
«...Y gran multitud del pueblo le oía de buena gana» (Mar. 12:37).
Parece oportuno pensar que esta declaración bíblica quisiera verse cumplida en el ministerio de cualquier predicador, enseñador o evangelista. Sin embargo, la apreciación que existe en gran parte de nuestro mundo cristiano, viene siendo la contraria.
Siguiendo las propuestas didácticas de Jesús, distinguimos que no fueron en ningún modo superficiales, dado que supo compatibilizar la sencillez de expresión con la profundidad de pensamiento, comunicando de esta forma lecciones espirituales y a la vez provechosas. Su mensaje claro y directo confrontaba a cualquier persona, por muy religiosa que fuese, con la verdad absoluta, desnudando su alma y sentándola frente a Dios; y haciendo que cada uno, en forma particular, realizara su propia decisión personal.
No resulta extraña la indicación del evangelista Marcos, puesto que Jesús proclamó una enseñanza que en manera alguna pasó inadvertida. En seguida las palabras del Maestro se convirtieron en suave bálsamo para el corazón atribulado, fortaleza para el cansado, luz para el confundido, guía para el desorientado, así como aliento y esperanza para todo corazón triste y desalentado... «le oía de buena gana».
Meditemos sobre el presente ejemplo, comparativo a la realidad de nuestro cristianismo contemporáneo. En este punto, ocurre que nuestro mundo cristiano no tiene hambre de la Palabra de Dios. Al parecer una especie de «empacho» ha logrado hastiar el corazón de los asistentes a la iglesia, y son muchos los que han perdido el deseo por las cosas espirituales. Pero lo peor de todo es que, por lo común, la enseñanza de los líderes o enseñadores no logra estimular en lo más mínimo el apetito de la gran masa de creyentes que viven con esa permanente carencia de alimento espiritual.
No fue así en la manera de enseñar del Maestro, la cual despertó, por un lado, las ganas de probar el alimento que «a vida eterna permanece», y por el otro, consiguió saciar el voraz apetito espiritual de aquellos que con ávido deseo buscaban el sentido trascendente a su desdichada vida. Podemos pensar, además, que hubo buena parte de esa multitud que escuchó las palabras del Maestro, pero mantuvieron a la vez su corazón cerrado al mensaje. Con todo, la mayoría le oía de buena gana, pese a que la respuesta de muchos fuera hacer oídos sordos. Siendo así, el objetivo fue cumplido: ya no podían quedar sin excusa ante aquel maravilloso mensaje de gracia.
Parece recomendable analizar nuestra forma de comunicar el mensaje de la Palabra, no sea que estemos aburriendo a los oyentes, y más que abrirles el apetito, en contra del ejemplo de Jesús, lo que estemos haciendo sea contribuir negativamente en la desgana existente, causando así una impresión equívoca del rico y beneficioso mensaje que posee la adecuada exposición de la Palabra divina.
«Con muchas parábolas como éstas les hablaba la palabra, conforme a lo que podían oír (adaptación del mensaje). Y sin parábolas no les hablaba; aunque a sus discípulos en particular les declaraba todo» (Mar. 4:33-34).
¿Porqué les hablas en Parábolas?: "Y respondiendo Él, les dijo: Porque a vosotros se os ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Porque a cualquiera que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia; pero a cualquiera que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y en ellos se cumple la profecía de Isaías que dice: "AL OÍR OIRÉIS, Y NO ENTENDERÉIS; Y VIENDO VERÉIS, Y NO PERCIBIRÉIS; PORQUE EL CORAZÓN DE ESTE PUEBLO SE HA VUELTO INSENSIBLE Y CON DIFICULTAD OYEN CON SUS OÍDOS; Y SUS OJOS HAN CERRADO, NO SEA QUE VEAN CON LOS OJOS, Y OIGAN CON LOS OÍDOS, Y ENTIENDAN CON EL CORAZÓN, Y SE CONVIERTAN, Y YO LOS SANE. Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.” (Mat. 13:10-17).
Una de las aplicaciones pedagógicas de Jesús más significativas, fue la de presentar la Palabra de Dios con parábolas. asiendo de ella, la enseñanza central de su mensaje, éstas ofrecían la porción específica que cada cual necesitaba. De esta manera, algunos que escuchaban y no entendían absolutamente nada de lo que se decía, por estar sus corazones cerrados al mensaje celestial. Otros, comprendieron en cierta medida el contenido de las parábolas, sin embargo rechazaron el mensaje, por lo que al tiempo añadió a esas personas el juicio de la enseñanza. No obstante, para los menos, la forma ilustrativa de la parábola les proveyó de luz espiritual y firme instrucción, obteniendo con ello la orientación que necesitaban en aquel momento para hallar el camino verdadero.
Cuán sensata parece la consideración que realiza Marcos sobre el modelo de Jesús: «Les hablaba la Palabra, conforme a lo que podían oír...». Con este propósito especial, también se hace obligatorio en nuestras predicaciones acomodar el mensaje al oyente, para así poder alcanzar una comunicación que sea del todo adecuada.
Visto el asunto de forma inversa, los mensajes que se ofrecen con independencia de las necesidades del auditorio, se convierten en efímeras palabras, que en la mayoría de los casos son definitivamente inservibles. Igualmente no se trata de malgastar palabras, sino en cualquier caso de comunicar un mensaje, que será distinto en el contenido y en las formas, dependiendo como es lógico de los receptores. Con este ánimo, el nivel de comunicación que Jesús mantuvo con sus doce discípulos, fue diferente del resto de la multitud que le seguía. «A sus discípulos les declaraba todo», lo hemos leído en el texto sagrado.
Conclusión
También consideremos la necesidad de establecer algunas reservas a la hora de expresar nuestro mensaje. No se puede decir todo lo que se piensa. La forma con la que un médico debe transmitir el grave diagnóstico a su paciente, es de crucial importancia. Siempre tendrá que decirle la verdad; pero, no necesariamente deberá exponerle toda la verdad, reservando cierta información que el paciente no precisa conocer. La forma de comunicar el resultado del análisis médico, por tanto, determinará en gran medida el impacto y la aceptación en el paciente de cualquier enfermedad grave.
Siguiendo contrariamente el modelo de Jesús, a veces nos acostumbramos a trasladar los términos evangélicos a las personas de nuestro entorno, que en muchas ocasiones no entienden en absoluto, produciéndose la correspondiente reacción confusa. Por este motivo, a la hora de anunciar nuestras ideas, es conveniente tener en cuenta el nivel cultural del oyente, su edad, el contexto social en el que se encuentra, y otros factores que permitan al prójimo comprender con claridad nuestro mensaje.
Entendamos, pues, que la manera de comunicar nuestra doctrina, es el vehículo por donde transmitimos el mensaje. Nos preguntamos, entonces, por las formas de expresar nuestro mensaje bíblico, y también por el impacto que causa en los demás nuestra manera de enseñar.
No enseñemos a los demás como profesor, sino como hermano
