Los Atributos
Morales de Dios
Autor
Teólogo: Cruz Monasterio
Tema: Los
Atributos Morales de Dios
Texto: Salmos cap. 99 verso 9; Exaltad a Jehová nuestro Dios,
Y postraos ante su santo monte,
Porque Jehová nuestro Dios es santo.
Introducción
¿Qué
son atributos?: Un
atributo es una característica propia de una persona. Es algo que es parte
esencial de su naturaleza.
Las
Sagradas Escrituras definen los atributos de Dios de la siguiente manera:
“Los
atributos de Dios son las perfecciones que son reveladas del ser divino en las
Escrituras o que son visiblemente puestos de manifiesto por Dios en las obras
de su creación, providencia y redención.”
“Los
atributos de Dios son las perfecciones que son reveladas del ser divino en las
Escrituras o que son visiblemente puestos de manifiesto por Dios en las obras
de su creación, providencia y redención”.
En el
caso de Dios, primero se da a conocer de una forma impersonal a través de las
cosas creadas (Romanos 1:20) y de una forma personal a través de Las Escrituras. (Salmo 48:3; Colosenses 1:27; Juan 5:39).
División
Fiel
Las
religiones antiguas del Oriente Medio estaban consagradas a divinidades
volubles y caprichosas. La gran excepción a esto es el Dios de Israel. En su
naturaleza y acciones, Él es digno de confianza. La palabra hebrea amén,
"de cierto", se deriva de una de las descripciones hebreas más
sobresalientes de la personalidad de Dios, en la cual se refleja lo veraz y digno
de confianza que es Él: "Te exaltaré, alabaré tu nombre, porque has hecho
maravillas; tus consejos antiguos son verdad y firmeza [emuná omén,
literalmente, "fidelidad y seguridad"] (Isaías 25:1).
Aunque
usamos la palabra "amén" para expresar nuestra seguridad de que Dios
puede contestar la oración, las veces que aparece en la Biblia la familia de
palabras amén incluye una gama más amplia aún de manifestaciones del poder y la
fidelidad de Dios.
El jefe
de los siervos de Abraham atribuyó su éxito en la búsqueda de esposa para el
joven
Isaac a
la fidelidad que tiene Yahweh por naturaleza (Génesis 24:27). Las palabras "verdad" y
"fidelidad" (emet y emuná) son, y muy adecuadamente, extensiones del
mismo concepto hebreo, unidas en la naturaleza de Dios.
El Señor hace patente su fidelidad cuando guarda sus
promesas:
"Conoce,
pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la
misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil
generaciones" (Deuteronomio 7:9).
Josué exclamó al final de su vida que el Señor Dios nunca le había fallado, ni
en una sola promesa (Josué 23:14).
El salmista confiesa: "Para siempre será edificada misericordia; en los
cielos mismos afirmarás tu verdad" (Salmo
89:2).
Dios se
muestra constante en su intención de tener comunión con nosotros, al guiarnos y
protegernos. Ni siquiera el pecado y la maldad de este mundo podrán reclamarnos
para sí, si nos sometemos a Él: "Por la misericordia de Jehová no hemos
sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada
mañana; grande es tu fidelidad" (Lamentaciones
3:22-23).
Porque
Dios es fiel, sería inaudito que abandonase a sus hijos cuando éstos pasen por
tentaciones o pruebas (1 Corintios
10:13). "Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para
que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no ejecutará?" (Números 23:19). Dios permanece estable
en su naturaleza, al mismo tiempo que manifiesta flexibilidad en sus acciones.
Cuando Él hace un pacto con los humanos, su promesa es suficiente sello y
profesión sobre la inmutable naturaleza de su personalidad y sus propósitos:
"Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de
la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento" (Hebreos 6:17). Si alguna vez Dios
dejara de cumplir sus promesas, estaría repudiando su propia personalidad.
Pablo
contrasta la naturaleza humana y la divina cuando escribe acerca de la gloria
que sigue al sufrimiento de Cristo: "Si fuéremos infieles, él permanece
fiel; él no puede negarse a sí mismo" (2
Timoteo 2:13)
Dios es
absolutamente digno de confianza, debido a lo que es: fiel y (Deuteronomio 32:4; Salmo 89:8; 1
Tesalonicenses 5:23-24; Hebreos 10:23;
1 Juan 1:9).
El Dios único y verdadero 127
Veraz
"Dios
no es hombre, para que mienta" (Números
23:19). La veracidad de Dios contrasta con la falta de honradez de los
humanos, pero no solamente en una medida relativa. Dios es perfectamente fiel a
su palabra y a sus caminos (Salmos 33:4;
119:151), y su integridad es un rasgo de personalidad que Él manifiesta de
manera permanente (Salmo 119:160).
Esta
veracidad estable y permanente del Señor es el vehículo a través del cual somos
santificados, porque la verdad proclamada se ha convertido en la verdad encarnada:
"Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad" (Juan 17:17). Nuestra esperanza se
apoya directamente en la certeza de que todo cuanto Dios nos ha revelado es
cierto, y todo lo que ha hecho hasta el momento para cumplir su palabra nos da
la certeza de que llevará a su término cuanto ha comenzado (Juan 14:6; Tito 1:1).
Bueno
Por su
naturaleza misma, Dios está inclinado a actuar con gran generosidad hacia su
creación. Durante los días de la creación, el Señor examinaba periódicamente su
obra y declaraba que era buena, en el sentido de que le complacía y era
adecuada a sus propósitos (Génesis
1:4-10-12-18-21, 25-31). Se utiliza el mismo adjetivo para describir el
carácter moral de Dios: "Porque Jehová es bueno; para siempre es su
misericordia" (Salmo 100:5). En
este contexto, la expresión presenta la idea original de ser agradable, o
totalmente adecuado, pero va más allá con el fin de ilustrar para nosotros la
gracia que es esencial en la naturaleza divina: "Clemente y misericordioso
es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia. Bueno es Jehová para
con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras" (Salmo 145:8-9; véase también Lamentaciones 3:25). Esta faceta de
su naturaleza se manifiesta en la forma en que está siempre dispuesto a satisfacer
nuestras necesidades, Ya sean materiales (lluvia y cosechas, Hechos 14:17) o espirituales (gozo, Hechos 14:17; sabiduría, Santiago 1:5).
Este aspecto contrasta también con las creencias de la antigüedad, cuando todos
los demás dioses eran impredecibles, depravados y tenían de todo, menos de
buenos.
Podemos
tomar modelo de nuestro Dios generoso y compasivo, porque 'toda buena dádiva y
don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay
mudanza, ni sombra de variación" (Santiago
1:17).
Paciente
En un
mundo repleto de venganzas, decididas a menudo de manera Precipitada, nuestro
Dios es "tardo para la ira y grande en misericordia, que Perdona la iniquidad
y la rebelión" (Números 14:18).
Esta "lentitud" Para la ira permite una ‘ventana de oportunidad para
que muestre su compasión y gracia (Salmo
86:15). La paciencia de Dios es para beneficio nuestro, de manera que nos
demos cuenta de que nos debe guiar al arrepentimiento (romanos 2:4; 9:22-23).
Vivimos
en la tensión de anhelar que Jesús cumpla su promesa y regrese, y al mismo
tiempo, deseamos que espere para que haya más personas que lo acepten como
Salvador y Señor: "El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen
por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno
perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento" (2 Pedro 3:9).
El
Señor castigará a los culpables por el pecado; no obstante, por ahora, utiliza
sus propias normas de "lentitud", puesto que su paciencia significa
salvación (2 Pedro 3:15).
Amoroso
Muchos
comenzamos a estudiar la Biblia aprendiéndonos de memoria Juan 3:16. Cuando éramos nuevos creyentes, lo recitábamos con vigor
y entusiasmo, haciendo énfasis con frecuencia en las palabras "porque de
tal manera amó Dios al mundo". Después de haberlo meditado más
profundamente, descubrimos que el amor de Dios. No se describe en este pasaje
en función de cantidad, sino más bien como una cualidad. No se trata de que
Dios nos haya amado tanto, que esto lo motivó a dar, sino de que nos amaba de
una forma tan dispuesta al sacrificio, que dio.
Dios se
ha revelado a sí mismo como un Dios que expresa una forma particular de amor;
un amor manifestado a base de dar con sacrificio. Así lo define Juan: "En
esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él
nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros
pecados" (1 Juan 4:10).
Dios
manifiesta también su amor a base de proporcionar descanso y protección (Deuteronomio 33:12), en los cuales se
pueden centrar nuestras oraciones de acción de gracias (Salmos 42:8; 63:3; Jeremías 31:3).
Con todo,
la forma más exaltada y la demostración más grande del amor de Dios se hallan
en la cruz de Cristo (Romanos 5:8).
Él quiere que sepamos que su personalidad amorosa forma parte integral de
nuestra vida en Cristo: "Pero Dios, que es rico en misericordia, por su
gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio
vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)" (Efesios 2:4).
El
camino más excelente, el camino del amor, por el cual se nos exhorta a caminar,
identifica los rasgos en los que Dios nos ha servido de modelo en su persona y
obra (1 Corintios 12:31; 13:13). Si
seguimos su ejemplo, produciremos el fruto espiritual del amor y caminaremos de
una manera tal, que peinitirá que los dones del Espíritu (jarísmata) lleven a
cabo lo que se ha propuesto la gracia (járis) de Dios.
Lleno de gracia y misericordia
Los términos
"gracia" y "misericordia" representan dos aspectos de la
personalidad y la actividad de Dios que son diferentes, aunque estén
relacionados. Experimentar la gracia de Dios es recibir un regalo que no
podemos ganar y que no merecemos. Experimentar la misericordia de Dios es ser
guardados del castigo que de hecho merecemos. Dios es el verdadero juez, que
retiene para sí el poder sobre el castigo último y definitivo. Cuando perdona
nuestros pecados y nuestras culpas, experimentamos su misericordia. Cuando
recibimos el don de la vida, experimentamos su gracia. La misericordia de Dios
se lleva el castigo, mientras que su gracia reemplaza lo negativo con algo
positivo. Merecemos el castigo, pero Él nos da paz a cambio y nos restaura a la
plenitud (Isaías 53:5; Tito 2:11; 3:5).
"Misericordioso
y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia" (Salmo
103:8). Puesto que tenemos la necesidad de que se nos haga pasar de muerte a
vida, estos aspectos de Dios aparecen unidos con frecuencia en las Escrituras,
a fin de mostrarnos su relación mutua (Efesios
2:4-5; véanse Nehemías 9:17; Romanos
9:16; Efesios 1:6).
Santo
"Porque
yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis
santos, porque yo soy santo" (Levítico
11:44). Hemos sido llamados a ser diferentes, porque el Señor es diferente.
Dios se revela a sí mismo como "santo", qadosh (hebreo) y el elemento
esencial de qadosh es, por una parte, la separación de lo mundano, profano o
normal, y por otra, la separación para sus propósitos (o consagración a ellos).
Los mandatos que recibió Israel lo llamaban a mantener una clara distinción
entre las esferas de lo común y lo sagrado (Levítico
10:10). Esta distinción tenía su peso en el tiempo y el espacio (el sábado
y el santuario), pero estaba dirigida en su significado principal al individuo.
Puesto que Dios es distinto a todo otro ser, cuantos se sometan a Él deben en
cuanto a corazón, intenciones, devoción y ser también separados personalidad para
Él, que es el verdaderamente santo (Éxodo
15: 11).
Por su
naturaleza misma, Dios está separado del pecado y de la humanidad pecadora. La
razón por la cual los humanos no somos capaces de acercarnos a Dios en nuestro
estado caído, es porque no somos santos. El uso bíblico de la "impureza"
no se refiere a la higiene, sino a la falta de santidad (Isaías 6:5). Entre las señales de impureza se incluyen el ser como
muro agrietado (véase Isaías 30:13-14),
el pecado, la violación de la voluntad de Dios, la rebelión y la permanencia en
el estado de ser incompleto. Puesto que Dios es completo y justo, nuestra
consagración comprende tanto la separación del pecado como la obediencia a Él.
La
santidad es la personalidad y actividad de Dios, tal como lo revela el título Yahweh
meqaddesh, "Yo Jehová que os santifico" (Levítico 20:8), La santidad de Dios no se debería convertir
solamente en un punto de meditación para nosotros, sino también en una
invitación (1 Pedro 1:15) a
participar en su justicia y a adorarlo junto con las multitudes. Las criaturas
vivientes del Apocalipsis "no cesaban día y noche de decir: Santo, santo,
santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de
venir" (Apocalipsis 4:8; véase
Salmo 22:3).
Recto y justo
El Dios
Santo es distinto de la humanidad pecadora y se halla alejado de ella. Con
todo, está dispuesto a dejarnos entrar en su presencia. Esta buena disposición
se halla equilibrada por el hecho de que Él juzga a su pueblo con rectitud y
justicia (Salmo 72:2). Estos dos
conceptos se combinan con frecuencia para ilustrar la norma de medida que Dios
presenta.
La
rectitud bíblica es vista como la conformidad a una norma ética o moral. La
"rectitud" (hebreo tsedaqá) de Dios es a un tiempo su personalidad, y
la forma en que Él decide actuar. Su personalidad es recta en cuanto a ética y
moral y, por tanto, sirve como la norma para decidir cuál es nuestra posición
con relación a Él.
Con
esta faceta de Dios se relaciona su justicia (heb. mishpat), dentro de la cual
Él ejerce todos los procesos de gobierno. Muchos sistemas democráticos de
gobierno modernos separan los deberes del estado en diversas ramas con el fin
de que se equilibren mutuamente y se rindan cuentas unas a otras (por ejemplo,
el poder legislativo para redactar y aprobar las leyes; el ejecutivo para
hacerlas cumplir y mantener el orden, y el judicial para asegurar constancia en
la aplicación de la ley y castigar a quienes la quebranten). El mishpat de Dios
encuentra todas esas funciones dentro de la personalidad y el dominio del único
Dios soberano (Salmo 89:14). La RV
suele traducir este término hebreo como juicio, con lo cual hace resaltar
solamente uno de los diversos aspectos de la justicia (Jeremías 9:24; 10:24; Amós 5:24). Lajusticia de Dios incluye el
castigo del juicio, pero subordina dicha actividad a la obra más general de
establecer una justicia amorosa (Deuteronomio
7:9-10).
La
norma que Dios presenta es justa y recta (Deuteronomio
32:4). Por consiguiente, nosotros no podemos, en nosotros mismos y por
nosotros mismos, llegar a la altura de la norma con la que Dios nos mide; todos
quedamos por debajo de ella (Romanos
3:23). Él "ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con
justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle
levantado de los muertos" (Hechos
17:31). Con todo, Dios también busca la protección de sus criaturas en el
presente (Salmo 36:5-7), además de
ofrecerles esperanza para el futuro. La encarnación de Cristo incluyó las
cualidades y actividades de justicia y juicio. Entonces, su expiación sustituta
nos traspasó esas cualidades a nosotros (Romanos
3:25-26), para que pudiésemos comparecer como justos ante el justo Juez (2 Corintios 5:21; 2 Pedro 1:1).
Los Nombres de Dios
En nuestra
cultura moderna, los padres suelen escoger nombre para sus hijos, basados en la
estética, o el buen sonido. En cambio, en los tiempos bíblicos, la entrega de
nombre era una ocasión y ceremonia de considerable importancia. El nombre era
una expresión de la personalidad, naturaleza o futuro del individuo (o al
menos, una declaración por parte de quien se lo ponía, con respecto a lo que
esperaba del que lo recibía).2 A lo largo de toda la Escritura, Dios ha
demostrado que su nombre no es una simple etiqueta para distinguirlo de las
otras divinidades de las culturas vecinas. En lugar de esto, cada uno de los
nombres que Él usa y acepta descubre alguna faceta de su personalidad,
naturaleza, voluntad o autoridad.
Puesto
que el nombre representaba la personalidad y presencia de Dios, "invocar
el nombre del Señor" se convirtió en un medio por el cual se podía entrar
en una relación de intimidad con Él. Este tema era común en las religiones
antiguas del Oriente Medio. Con todo, las religiones circundantes trataban de
controlar a sus divinidades a través de la manipulación de sus nombres divinos,
mientras que a los israelitas se les había ordenado no usar el nombre de Yahwé
su Dios de una forma vana y vacía (Éxodo
20:7), En lugar de hacer esto, debían entrar en una
Conclusión
Nuestra
perspectiva de Dios será muy finita y limitada si no le dedicamos tiempo al
estudio de su carácter. El estudiar su carácter es de vital importancia para
vivir las verdades escritas en su Palabra.
A
través de esta serie conoceremos los atributos que describen el ser de Dios: Su
Espiritualidad, Su Invisibilidad, Su Inmutabilidad, Sus Atributos mentales, Su
Conocimiento (u omnisciencia), Su Sabiduría, Su Veracidad (incluyendo
fidelidad), Sus Atributos morales Su Bondad (incluyendo misericordia, gracia),
Su Amor, Su Santidad, Su Justicia (o rectitud), Su Celo, Su Ira, Sus Atributos
de propósito, Su Voluntad (incluyendo libertad) Su Omnipotencia (o poder,
incluyendo soberanía), Su Perfección Su Bendición y su Belleza.
«Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a
ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.» Juan 17:3
