La Doctrina Apostólica
AutorTeólogo. Cruz Monasterio
Tema: La Doctrina Apostólica
Texto: Hec. 2:42; “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles”
Introducción
¡Cuán importante es perseverar! Perseverar conlleva la idea de persistir tenazmente, ser constante en mantener lo aprendido, conservar y retener con ardor lo encomendado, no ceder terreno ni vacilar. El apóstol Pablo escribe. Efe. 4:14-16; “Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar, emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre si por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”
La Doctrina: Desde una perspectiva bíblica, se puede definir como el conjunto de la Revelación de Dios, la cual ha sido dada para una sana instrucción y una sana practica del pueblo de Dios. La palabra en sí (aunque hay varios términos que en la versión castellana se traducen como “doctrina”) se puede entender como Enseñanza. La verdad de Dios, por nosotros recibida, es llamada La Doctrina de Cristo: (2 Jn. 1:9; “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo.”), porque fue Él, de una manera especial, el que ha revelado a los hombres lo secreto del corazón y la mente de Dios, como está escrito: (Heb. 1:2; “En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.”). El, cómo el “Verbo... Hecho Carne,” es la Expresión, el Logos, la Palabra Viviente de Dios a este mundo. La presente consideración nos lleva, como consecuencia lógica, a afirmar que tal doctrina tiene un origen celestial. El Señor mismo dijo. (Jn. 7:16; “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.”) Ahora, esta doctrina celestial no puede ser entendida por hombres cuya mente y corazón sean meramente terrenales, sin un cambio de naturaleza, hecho según Dios. Sólo una mente renovada y un corazón rendido, dispuesto a aceptar y a hacer la voluntad de Dios es capaz de recibir tales dádivas de Dios. El Señor enseñó: (Jn. 7:17; “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mí cuenta.”). Lo antedicho es la razón por la cual identificamos como tenebrosa la fuente que promueve toda enseñanza falsa, herejía y rechazo a la verdad de Dios. Sus expositores nunca han nacido de Dios. No importa si estos que “resisten a la verdad” tienen o no “apariencia de piedad”, pues la Palabra les quita la máscara, al decir de ellos que son hombres enfermos de mente y de alma (2 Tim. 3:1-9; “Hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe.”).
Pero, algo más: La Biblia no solo nos señala a Cristo como el canal por el cual Dios se ha dado a conocer; no solo nos declara la procedencia de la doctrina, sino que nos enseña de que manera el Verbo de Dios, el Alto Exponente de la mente de Dios enseñó la doctrina. Varias veces la Biblia declara que “la gente se admiraba de su doctrina”, ¿por qué?
(Mat. 7:28-29; “Porque les enseñaba como quien tiene Autoridad, y no como los escribas.”). No cabe duda que esta autoridad emanaba de dos fuentes poderosas: (1). De la certidumbre de que sus mensajes venían de Dios. 2). De su vida íntegra e inobjetable, respaldando con la fuerza de los hechos sus palabras. No estaban exagerando los alguaciles, cuando dijeron: (Jn. 7:46; “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!.”).
Esta es una importantísima lección para nosotros, ya que muchas veces pareciera que por autoridad entendemos la imposición, el señorío personalista o, también el gritar y hablar en un tono más fuerte que los demás. Así no entendía el Señor lo que es autoridad, pues está escrito: (Mat. 12:19-20; “No Contenderá, Ni Voceará, Ni Nadie Oirá en las Calles Su Voz. La caña cascada no quebrará, y el pabilo que humea no apagará.”). Si le tenemos a Él por maestro, Él nos dice: (Mat. 11:29; “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.”). Pablo escribe a Tito, y le dice: (Tit. 2:15; “Nadie te menosprecie” y “Esto habla y exhorta y reprende con toda Autoridad.”). Tal autoridad tenía su origen en que Tito había de hablar lo que divinamente Dios había inspirado: (Tit. 2:1; “Pero tú habla lo que está de acuerdo con La Sana Doctrina.”).
Y en la fuerza del ejemplo personal: (Tit. 2:7; “Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad.”). A Timoteo, Pablo dice: (1Tit. 4:12; “Ninguno tenga en poco tu juventud.”). En otras palabras, el hecho de que seas joven, Timoteo, no es indicación de que no tienes autoridad para hacer la obra de Dios, pero debes saber que esa autoridad viene dada a partir del ejemplo de tu propia vida. Así, pues, (1Tit. 4:12; “Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, espíritu, fe y pureza.”). Siguiendo adelante, la Palabra nos habla también de la Forma de Doctrina. Pablo escribe a los Romanos: (Rom. 6:17; “Habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados.”). Esta palabra “forma” es usada en otras partes de la Escritura como “señal”, “figura”, “ejemplo”, etc. Pablo escribe a Timoteo. (2 Tim. 1:13; “Retén La Forma de las Sanas Palabras que de mí oíste.”). Esto demuestra que el conjunto de la doctrina constituye un modelo, tiene una forma definida, bajo la cual nos ha sido dada y bajo la cual debe ser presentada. Esto es una indicación de que no podemos presentar la doctrina en cualquier forma o manera. Esto es muy importante, sobre todo en estos días cuando muchos quieren introducir métodos novedosos en la exposición del evangelio y de las verdades de Dios, tales como películas y verdaderos espectáculos artístico-musicales para atraer a las personas. Ahora, la Biblia presenta otra Nominación para la doctrina. Se dice que los creyentes En (Hec. 2:42; “Perseveraban en La Doctrina de los Apóstoles.”) ¿Por qué es llamada “doctrina de los apóstoles”? No precisamente, porque ellos la inventaran, sino porque como vasos de Dios, fueron depositarios y propagadores de aquella doctrina de procedencia Divina. Así que, quienes quieran denominarse “apostólicos” están diciendo con ello que siguen con fidelidad la doctrina que los apóstoles recibieron y propagaron con el celo de Dios. Siguiendo nuestro tema, la Divina Revelación insiste en la necesidad de una consideración seria sobre lo que se enseña y lo que se acepta. Por ello, la Biblia identifica la genuina enseñanza como Sana Doctrina. En 1Tim. 1:10; se hace referencia a lo que “Se oponga a la Sana Doctrina.” Igualmente, en 2Tim. 4:3; el apóstol nos adelantó que “vendrá tiempo cuando no sufrirán La Sana Doctrina.” Más adelante dice en Tit. 1:9; presenta las características de un anciano, entre las cuales está la de retener la palabra, tal como ha sido enseñada, para que “pueda exhortar con Sana Enseñanza,” y en Tit. 2:1; recomienda: “Pero tú habla lo que está de acuerdo con la Sana Doctrina.” ¿Por qué estas advertencias? Porque (1Tim. 4:1; “El Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a Doctrinas de Demonios.”). Otra razón, (Efe. 4:14; “Porque sopla todo viento de doctrina.”). Y dejarse empujar por estos vientos significa caer en la apostasía. Jd. 1:12; describe a los apostatas como “nubes sin agua, Llevadas de Acá para Allá por los Vientos” y el apóstol Pedro los presenta, igualmente, como (2 Ped. 2:17; “Nubes Empujadas por la tempestad.”).
También, el Espíritu Santo, en la Palabra llama a todo lo que no sea la sola y sana doctrina como “Diversa Doctrina.” En otras palabras, la doctrina como revelación de Dios es una sola. Esto demuestra que Dios no es el autor de las muchas sectas y denominaciones existentes. Dios ha dado una sola y única doctrina, pero los hombres han hecho énfasis en uno u otro punto para sectorizar y poner rótulos denominacionales. Otros han tildado a algunos puntos doctrinales como secundarios o insignificantes, y los más, interpretan la doctrina bíblica a sus caprichos o a sus conveniencias.
El Resultado: Un Babel religioso para confusión de la gente y regocijo del diablo. Velemos por la Sana Doctrina en nuestras asambleas y afirmemos hoy la vigencia del ruego del apóstol Pablo a Timoteo: (1Tim. 1:13; “Te rogué que te quedases en Efeso... para que mandes a algunos que no enseñen Diferente Doctrina.”). En la misma primera epístola a Timoteo, Pablo destaca la necedad de no conformarse a la completa y perfecta revelación de Dios: (1Tim. 6:3-4; “Si alguno enseña Otra Cosa y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, Esta Envanecido, Nada Sabe, Y Delira...”).
Otra verdad en cuanto a la doctrina, es que la misma debe ser enseñada. La expresión de Mat. 28:19; “Haced discípulos a todas las naciones,” va más allá de la presentación del evangelio, para salvación, pues la frase contempla la necesidad de la enseñanza doctrinal, la necesidad de enseñar a otros llamados a aprender. Esta es la idea de la palabra “discípulo”: uno que está dispuesto a seguir al maestro en su enseñanza. Más adelante, esta comisión es ratificada: “Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mat. 28:20). De nuevo, esta expresión “hacer discípulos” la encontramos en Hec. 14:21; cuando en Derbe, Pablo y Bernabé, “después de haber anunciado el evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra…”. La idea otra vez aquí es la de adoctrinar. Todo esto nos hace insistir en que no es bíblico el método de algunos predicadores modernos que se ocupan en predicar a grandes multitudes y mandan a sus conversos a reunirse en el lugar de culto más próximo a su residencia, sin importarles en qué pastos caerán aquellas ovejas. Para ellos lo principal es predicar y jactarse de los miles de convertidos, pero la doctrina ocupa un lugar secundario. En la Biblia, la prédica a los perdidos y la doctrina a los convertidos van juntas, son inseparables. Recordemos que “lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”. Pero, debemos preguntarnos, ¿quiénes deben enseñar la doctrina? ¿Hombres capacitados en un seminario? ¿Hombres que tengan algún titulo que les acredite como teólogos? ¿Qué dice la Biblia? Que los enseñadores son Hombres Renacidos: “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios”, y también, “al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? Pues tu aborreces la corrección, y echas a tu espalda mis palabras” (1 Cor. 2:14; Sal. 50:16). Parece insólito que debamos decir que sólo los verdaderos creyentes deban enseñar la doctrina. Pero en verdad, hoy en día hay tantos que, aunque ostentan el título de pastor o hayan alcanzado grados en un seminario teológico, sin embargo, no tienen raíz de salvación en sus vidas. Entonces, como no conocen a Dios, se constituyen en ministros del error, teólogos modernistas, enseñadores liberales. Seguramente de esta clase de gente alertaba Pablo a los corintios: (2 Cor. 11:13-15; “Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos... sus ministros (es decir de Satán) se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.”). Hombres Fieles: (2 Tim. 2:2; “Lo que has oído de mí ante muchos testigos esto encarga a Hombres Fieles...”). Hombres Idóneos para enseñar: es decir, capacitados por Dios y dedicados ellos mismos al estudio de la Palabra “hombres… que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Tim. 2:2) Hombres Ejemplares: (Tit. 2:7; “Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras, en la enseñanza mostrando integridad, seriedad.”). Hombres Satisfechos con la Doctrina Recibida de los apóstoles, no revolucionarios e innovadores (Tit. 1:9; “Retenedor de la palabra fiel Tal como ha sido Enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen.”). Hombres que manejan bien la Espada del Espíritu: (2 Tim. 2:12; “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la Palabra de verdad.”). Es decir, no sólo que conoce la Palabra, sino que tiene discernimiento para saber cómo usarla. Un hacha bien afilada no basta, es necesario saber usarla. Hombres Espirituales y Humildes, dispuestos a renunciar al palabrerío humano, a la altilocuencia que es terrenal. Pablo predicó y adoctrinó a los corintios bajo la guía del Espíritu, con humildad; subordinando su saber humano a la sabiduría divina. El dijo: (1 Cor. 2:4; “Ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría”, y “hablamos sabiduría de Dios... lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual”) (1Cor. 2:7; 1 Cor. 2:13). ¿Qué quiere decir “acomodando...”? De acuerdo al contexto, esto significa las verdades espirituales enseñadas con un lenguaje espiritual. Pero, también en conformidad, al contexto: hombres espirituales para enseñar las verdades espirituales. Finalmente la Biblia enseña la separación doctrinal. En otras palabras, quienes hemos aprendido la doctrina bíblica, quienes hemos sido instruidos en la sana enseñanza, no debernos identificamos con aquellos que militan bajo las filas del error y bajo la bandera del menosprecio a la Palabra de Dios. La divina Revelación es clara en enseñar que el amor que profesamos a todos los creyentes debe estar tamizado de acuerdo a si los tales están “andando en la verdad” o no. El apóstol del amor, Juan, escribió: “El anciano a la señora elegida y a sus hijos a Quienes Yo Amo en la Verdad” (2 Jn.1:1, “). Si queremos ver esta misma verdad, pero desde diferente ángulo, vamos a Efe. 4:14-15; dónde el apóstol, después de advertir a los creyentes de los vientos diversos de doctrina, de la “estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, Él les dice: “Que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es Cristo”. Así, pues, seguir la verdad en amor y expresar el amor en la verdad son dos aspectos de un mismo asunto, en el cual se nos enseña que el amor y la verdad doctrinal deben ir juntos. Por ello no debemos confraternizar con cualquiera que diga ser creyente sin examinar primero sus bases doctrinales. Parece contradictorio que sea precisamente Juan, el apóstol del amor, que diga: (2 Jn 1:10; “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! Participa en sus malas obras.
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